diciembre 27, 2018

EL NACIMIENTO DE JESÚS (KHALIL GIBRAN)



ANA, MADRE DE MARÍA
Tomado del libro,
“Jesús El Hijo del Hombre”
de Khalil Gibran


El nacimiento de Jesús
Mi nieto nació aquí, en Nazareth, en el mes de enero. La noche del nacimiento de Jesús unos hombres que venían de Levante nos visitaron. Se trataba de unos extranjeros que habían llegado de Asdrolón con las caravanas que mercan con Egipto. Nos solicitaron hospitalidad en nuestro hogar, pues en el albergue no encontraban lugar para pasar la noche. Les di la bienvenida y les informé:
-Mi hija acaba de dar a luz un varón; vosotros, sin lugar a dudas, me disculparéis si no os hago las cumplimentaciones que merece vuestra permanencia aquí.
Me agradecieron el haberles dado hospedaje, y, luego de cenar me dijeron:
-Es nuestro deseo conocer al recién nacido.
El hijo de María era un bebé muy hermoso; ella misma era muy bella y atrayente. Ni bien los extranjeros vieron a María y a mi nieto, extrajeron de sus bolsas oro y plata y lo dejaron a los pies del niño. Luego le ofrendaron incienso y mirra y prosternándose, más tarde oraron en un idioma que no comprendimos.
En el momento de conducirlos al aposento que había preparado para que reposaran, penetraron en el mismo con un aire de recogimiento, como maravillados por lo que acababan de ver. Cuando salió el sol se marcharon para continuar su camino hacia Egipto; más antes de partir me dijeron:
-A pesar de tener su nieto un día de edad hemos podido ver en su mirada la luz del Dios que adoramos, y hemos visto también Su sonrisa a flor de labios. Por eso, le rogamos que cuide de Él como para que Él la cuide después.
Y luego de decir esto, montaron en sus dromedarios y nunca más los hemos vuelto a ver.
En lo que respecta a María su felicidad no era, con todo, tan grande como su asombro y admiración ante su vástago. Detenía la mirada largamente sobre su rostro, y después la perdía en el horizonte, a través de la ventana, absorta como si estuviera contemplando una revelación del cielo.
El niño fue creciendo en edad y en espíritu, y se mostraba absolutamente distinto de sus compañeros de juegos, pues buscaba la soledad y no permitía que se le mandara, y nunca pude poner mis manos sobre él.
Y era muy amado por todos los habitantes de Nazareth. Luego de unos años supe el porqué y el motivo de ese cariño y apoyo. Varias veces se llevaba la comida y la regalaba a los extranjeros que pasaban, y si yo alguna vez le daba un trozo de golosina, lo ofrecía a sus compañeros sin comer de él ni siquiera un trozo.
Trepaba a los árboles frutales de nuestra huerta y le llevaba los frutos a los que no tenían en la suya. Y varias veces le he visto jugar carreras con los chicos de la aldea; cuando se daba cuenta que alguno se le había adelantado, disminuía, a propósito, la velocidad de su marcha para que pudieran ganar sus contendientes. Y cuando lo conducía por la noche a su cama para que descansara acostumbraba decir:
-Dile a mi madre y a las otras que únicamente mi cuerpo descansa, pero mi espíritu las acompaña hasta que el de ellas se asome a mi Alba.
Y muchas otras cosas más, como por ejemplo esa hermosa parábola que me contaba cuando aún era un pequeño, pero que ahora, en mi vejez, la memoria me impide acordarme con fidelidad de ella.
Hoy me han dicho que no volveré a verlo nunca, mas… ¿cómo podré creerles? Si ahora mismo sigo oyendo su risa y el eco de sus pisadas todavía resuena en el patio de nuestra casa, y si beso el rostro de mi hija percibo aún el aroma de sus besos derretirse sobre mi alma; como también siento su hermoso cuerpo flotar estrechado contra mi pecho. Mas, ¿no es cierto que es extraño que María no haya hablado nunca más de su hijo cuando yo estaba presente? Varias veces creí sentir que ella misma tenía necesidad de verlo, pero como una estatua de metal, de esa manera se inmovilizaba ella meditando ante la luz diurna, de tal forma que mi alma se derretía y corría por mi pecho como si fuera un río.
Pero, quién sabe; quizás ella sepa más que yo; y ruego al cielo que me cuente todo lo que sabe del misterio que no alcanzo a descubrir.

septiembre 15, 2018

Kilómetro 52






¡Bienvenido seas Kilómetro 52!


Un reloj camina despacio

hacia mi atardecer.

Un latido provoca la vida

que aún me sostiene de pie

en este cuerpo que habito.

Mi alma se llena de júbilo

por algunas pequeñas suertes

en batallas conquistadas,

esas que se han quedado atrás,

pero que marcan con agudo

sentido mi destino.

Las que me llevan a transitar

en esta senda, un kilómetro más.

En mi ligero equipaje:

las esperanzas, las cicatrices,

un pedazo de mapa y una ganas

locas de desafiar la vida.

¡Bienvenido seas Kilómetro 52!

© 2018. Mayela Bou






agosto 14, 2018

TU NOMBRE



Llegó a mi vida de manera
sigilosa,
luminosa,
discreta,
te imaginé con un nombre
que siempre tintineara 
con resplandor y dulzura.
Lo pronuncio y todo en mi
se llena de magia.
Caminamos sobre 
la tierra que esta vez
nos pario distantes,
soñamos con el reencuentro
de una vida pasada,
que ha dejado en nuestras almas
la llama ardiente de un amor
sin color, sin espacio,
sin tiempo ni medida, 
un amor al que ahora bautizamos
con la pureza del agua
y que solo dos amantes
lo saben nombrar bajito, 
un susurro al oído que solo
lo escuchan los dobleces del viento,
un amor formado de rocas 
donde se escribe poesía y se escribe
tu nombre.



© 2018. Mayela Bou

junio 12, 2018

90 AÑOS DE HISTORIAS Y 50 VERSOS DE AMOR




2016 fue un año maravilloso, los últimos días de diciembre me dejaron en mis manos el nacimiento de mi primer libro, un verdadero hijo de papel. Fue en este blog donde siempre recibí ánimos de publicar y fueron ellos, todos los ciber amigos que me ha regalado esta plataforma quienes le dieron vida a cada letra, a cada poema, a cada escrito.
El libro lleva en su título un homenaje a la vida, juntas mi madre y yo llegábamos a los 90 y 50 años respectivamente.
En año y medio se ha convertido en un libro viajero, y para quienes lo quieran adquirir pueden comunicarse a este e-mail: mayelabou@gmail.com con mucho gusto se los enviaré por correo convencional.

mayo 29, 2018

POCILLO DE CHOCOLATE



Lo días del invierno
acarrean consigo un pocillo caliente de chocolate,
batido con el viejo molinillo de la abuela
que guarda vestigios de amor,
la espuma que corona la bebida
hace que cada sorbo sea un verdadero agasajo,
y con una magia inexplicable,
en la boca estalla el júbilo
de los cacaos en flor.


© 2018. Mayela Bou

mayo 25, 2018

LOS INSECTOS


Los Insectos

En el patio de la infancia
había chicotes y luciérnagas,
la niña de la casa solía
hacerles casitas con cajitas de cerillas,
apacible relicario lleno de ilusiones.
La brevedad de la inocencia
me enseñó la nobleza de un insecto,
la sencillez de la vida,
la fragilidad del tiempo.
Aprendí a esperarlos cada invierno.


© 2018. Mayela Bou

mayo 14, 2018

MIS AMANECERES





Los años han hecho que los amaneceres de mi casa cambien constantemente. Lejanos han quedado aquellos días en los que amanecía con las ojeras colgando y un desvelo agotador por haber tenido que amamantar cada dos horas al hijo en turno, pero ningún cansancio valía ante la sonrisa dulce de un bebe que sabía que nuevamente había salido el sol y le espera un mundo nuevo por descubrir desde los brazos de su madre.

Después, lenta y suavemente entraron por la ventana de casa aquellos días del inicio de la era escolar de los hijos; digo era, porque ahora que veo hacia atrás, parecen años interminables. Los amaneceres se volvieron apresurados, entre uniformes, tareas, loncheras, panes con crema, crayones, sacapuntas y borradores, celebraciones del día del maestro, de la madre, del padre, la independencia, los deportes, fracasos y aciertos y, sobre todo, las tan esperadas vacaciones. Año con año, peldaño tras peldaño la era escolar iba llegando a su fin. Como regalo, me dejó una preadolescencia tranquila y una adolescencia fresca. Tonalidades nuevas de voz, y algunos vellos que asomaban en sus frescos rostros, figuras perfectas talladas por la disciplina del ballet, carcajadas gratas, conversaciones placenteras, sueños que empezaban a asomar en el corazón de mis hijos y que en aquel entonces, parecían tan lejanos.

Los amaneceres universitarios fueron más tranquilos, el tiempo era marcado por un reloj situado en un faro diminuto que no necesitaba acelerar los segundos; cada uno buscaba lo que necesitaba, empezaban a saborear las mieles de la independencia. Entre nosotros abundaban las conversaciones de sobremesa, interminables e interesantes.  
La diversidad de horarios repartida en tres hijos, me convirtió en taxista y en la mejor saltimbanqui del tiempo. Ya no había loncheras ni uniformes; a cambio se fueron revelando los días largos y sus noches de exámenes parciales, entrega de trabajos, inscripciones en las madrugadas, de llanto, impotencia y celebraciones; las ojeras no colgaban ahora de mis ojos, sino de los ojos de ellos. Y yo dormía plácidamente, sabiendo que en el campo de batalla, sabrían conquistar cada uno de sus sueños. Al final de tanto esfuerzo llega la cosecha, y cuando escuchas su nombre y los ves pasar a recoger sus títulos, te das cuenta que fue ayer que en tus brazos descubrían el mundo, que no ha pasado mucho tiempo del día aquel en el que les enseñaste a usar una cuchara, a levantarse si se caen, a que los amaneceres inician con unos buenos días, y que las estrellas del cielo son la certeza de una existencia divina.

Tan distintos a los días pasados son mis nuevos amaneceres, el fogón de la cocina inicia con los primeros rayitos de sol, el olor del café llama al “Dichosofuí” a cantarme desde el pino, algunas luciérnagas ya van a dormir y yo corro a preparar en el horno el pan caliente de los comensales, que pronto tendrán que ir a sus trabajos. Les escucho desde la cocina, hablar de corbatas, camisas, noticias, trafico, y así hasta que llegan a la mesa, conversamos en el desayuno y entre un corre y corre veo levantarse como una parvada de gaviotas a mis hijos y volar alto, cada uno se despide con un beso suave y sencillo, ese beso eterno en el alma que me hace sentir viva, que me recuerda el trabajo realizado, y me llena la existencia.

Cuando todos se han marchado, mi casa entra en letargo, mis perros que también se han despedido de todos los demás van buscando su puesto cerca de mi escritorio, las gatas se acomodan cerca de la música de piano que nos regala la Alexa, me acompaña un rico té de canela con miel, que he preparado antes de apagar la lumbre y cerrar la cocina para empezar a navegar entre libros, música, poemas, escritos,  y poder así reinventarme cada día.

© 2018. Mayela Bou